Un verano sin el canto de la cigarra, sin los gritos de niñas y niños jugando, o sin un helado cremoso que derretir en la boca acalorada, más que un verano, es una tristeza. Por eso, agradezco a la vida que impida la muerte del "niño interior". Ese que todos llevamos dentro, aun sin saberlo, aun negándolo, y aun estando más proximos a la centena que a la unidad. Ese niño interior, al que apelan, desde los malos libros de autoayuda, hasta los padres de la sicología moderna como Carl Jung. Ese niño que es nuestra esperanza cotidiana en un mundo mejor. Y, lo más importante, la esperanza real de que está en nuestra mano crear ese mundo mejor. Agradezco al verano, a cada verano, el ruido y la algarabía de todas las niñas y niños de Torresol, que nos recuerdan que la vida es también ser felices jugando. Que parece que se nos olvida al crecer. Agradezco a los padres y abuelos, la comprensión y la sonrisa cómplices de entender, que los niños del presente, son los mismos del pasado y...
Querido Nacho. Han pasado unos meses desde tu adiós. Han pasado mil cosas. La mayoría, no te dirían nada que no supieras. Pero alguna curiosa, ha habido. Ya te las contaré… Pero yo no quería hablar de eso. Solo te quería contar que esta noche estaba viendo “Superman”. El original. El de 1978. El primero de Cristopher Reeve. El supermán humano que vimos en el cine Serrano, con nuestros 14 añitos, sin saber nada de lo que la vida nos tenía reservado. Y mientras la veo, con mis hijas y Ludi compartiendo sofá, en una noche de verano, te recuerdo con la misma sonrisa burlona, que nos abría las puertas a cada instante mejor que el anterior. Era mucho más peliculón de lo que éramos capaces de apreciar. Y ya lo apreciábamos… De repente, en su primera heroicidad, cuando Lois Lane está a punto de caer del helicóptero, y él aparece volando, con ese punto sobrado, de sujetar el artefacto después de haberla rescatado a ella en vuelo; me vi, y te vi, retorciéndonos inquietos ...