La vida y la muerte
Bordada en la boca
Tenía Merceditas
La del guardarropa
(Balada de Curro el
Palmo, J.M.Serrat)
La Biblioteca de Londres tras los bombardeos de la
Alemania nazi
o
La cultura venciendo a la muerte
* * *
Pocas
cosas me parecían, años ha, más importantes que la muerte. Todo lo que tenía
que ver con ella. Su sentido. Su tiempo. Su forma. Su transcendencia. Su
estética. Su olor.
Con la ignorancia de la juventud, empecé creyendo, que a las autoridades de mi país les importaba que cada año muriesen en las carreteras miles de personas. Añadí la creencia de que estaban preocupadas porque morían muchas personas trabajando. En mi ingenuidad, camino a la madurez, llegué a pensar que las preocupaciones de esas autoridades por la salud pública eran sólidas. Las campañas para dejar de fumar, para controlar el colesterol o el azúcar, formaban parte de la filantropía estatal; sinceramente preocupados porque la parca solo llegara a sus conciudadanos cuando el ciclo vital llegara a su fin natural, en la ancianidad avanzada; y no prematuramente por la poca cabeza en la dieta y los usos sociales de la gente. En un alarde de simplismo, incluso llegué a pensar que limitarían los gases contaminantes, o los metales pesados y los plásticos en la cadena trófica de peces, porque no iban a consentir que los negocios boyantes del gran capital mataran, innecesariamente, a miles de personas cada año de enfermedades, también innecesarias. Porque, claro, si te envenenas de mercurio y mueres con 40, ¿de qué vivirían las industrias farmacéuticas -también boyante gran capital-, que ya no te podrían controlar la glucosa y el colesterol mientras envejeces?
Un sinvivir de más dudas que certezas.
Muertes
innecesarias -como diría un protofilósofo-, en el sentido de “no ser
necesaria”; en el sentido parmenidano de lo que “sí es”, y lo que “no
puede ser”. No sé si me siguen. Yo tampoco estoy muy seguro. Pero quiero
intentar desentrañar la idea.
Verán,
me sorprende la contradicción entre la muerte concebida como tragedia; la
muerte como el fin de todo; la muerte como obsesión por la vida y por transcenderse a si misma, (objetivo central de las religiones, hasta el mito de la
resurrección); la muerte imposible del non nato; y la muerte despreciada: el
desprecio, tan absoluto, por la muerte del diferente (especialmente de otros
colores o creencias). Y esas contradicciones, se me exacerban en cada Navidad.
Tengo un recuerdo claro del momento de mi vida en que la muerte apareció ante mis sentidos.
No la muerte visual (esa llegaría más tarde), sino la muerte que se anuncia con
palabras: “fulanito está en coma”-te dicen-… Un anuncio cuyo significado no
alcanza a comprender del todo un niño de 11 o 12 años, que se ve obligado a
preguntar. Y luego, a procesar esa información. Y cuando ya lo has entendido,
cruzas ese dato con que “fulanito” es un ser muy querido para ti, un
familiar, un familiar al que adoras. Y un tiempo después, se va.
Y
ya, nada fue igual.
La preocupación por la muerte, que enlaza con el sentido de la vida, -seguramente por la formación religiosa y unamuniana-, me llevaron a sentir la guerra fría como angustiante. El temor a un holocausto nuclear, marcó mucho mi adolescencia. Devoraba cada día todas las noticias sobre la invasión soviética de Afganistán, en la creencia de que andábamos a las puertas de la tercera guerra mundial, una visión mental que imaginaba parecido a lo que poco después nos enseñaba “Mad Max” vía celuloide. Pasaba el tiempo, y no aparecía el hongo nuclear que ya nos habían enseñado en las imágenes de Hiroshima y Nagasaki. Y mientras el mundo seguía en guerra fría, mis lecturas, mis estudios, mi cultura visual me iban enseñando lo que fue la segunda guerra mundial, sus causas y sus consecuencias: Raza aria. Supremacismo blanco. Holocausto. Campos de concentración. Guetos. Exterminio. Ciclón B. El trabajo libera (Arbeit macht frei ). Yalta. Postdam. Nuremberg. Stalingrado. Normandía. Lebensraum. Bomba atómica... Palabras que forjaban mi concepción del mundo, mi realidad y mi imaginario.
No
sé muy bien cómo, al mezclar todas esas palabras cargadas de sangre y horror
humanos, me convertí en un optimista. Cómo, de las enseñanzas de un fenómeno
que produjo en torno a 66 millones de muertos directos entre civiles y
militares, se puede alcanzar la idea de que el mundo de postguerra ya era (y
seguiría siendo) mucho mejor que antes de esa guerra. A pesar de la guerra fría.
¿Una extraña mezcla entre ingenuidad y optimismo vital, tal vez necesario para
sobrevivir cada día a la realidad? ¿O, simplemente, creer que después de haber
vivido ese brutal horror colectivo, el ser humano había aprendido la lección
para siempre?
La
verdad verdadera siempre es difícil de saber. Pero, si entre ambas guerras mundiales pasaron escasos 20
años, y el cómputo de muertos en la primera fue de unos 40 millones, y de unos 66 en la segunda, es fácil
deducir que el ser humano, no tiene mucha humanidad. Ni menos, remedio. Y aun así, el tiempo de paz en Europa se alargaba como nunca antes. El inconmensurable
libro “Postguerra”, de Tony Judt, años después, acrecentó esa sensación de que
la paz de la postguerra, tan real, era casi un milagro, a la luz de la mezquindad humana que brotó de esa guerra.
En una
de las últimas novelas que más han impactado, en mi relación con la muerte, (“Las
benévolas”, de Jonathan Littell), me impresionó sobremanera, las quejas de un
oficial nazi al no poder dar abasto en fusilar el cupo diario de personas que
les asignaban. Planteaba problemas de la índole de que no había suficientes soldados
para recoger todos los casquillos que generaban los disparos, más recoger los
cuerpos sin vida, más lavar la ropa empapada de sangre de los propios soldados
del pelotón de fusilamiento, el costosísimo esfuerzo de tener que rematar entre pilas de
cuerpos sangrantes en que aparecía una mano levantada, e incluso el dolor de
dedos, manos y muñecas inflamadas de darle tanto al gatillo. Sin olvidar el
nauseabundo olor a sangre entre el que los pobres verdugos debían hacer su
trabajo. Como si fuesen tan solo, un problema laboral…
Puesto
en comparación, la maquinaria de exterminio de los hornos crematorios, además
de aséptico, parecía hasta más humana.
Sé que esto no está quedando bonito como relato para un propósito navideño. Pero yo no elijo lo que pasa en el mundo cuando llega la Navidad. Lo que sí elijo, es como reacciono ante el dolor y la hipocresía. Y este año, la Navidad ha llegado cuando un supuesto plan de paz para Gaza, ya ha sido violado más de 800 veces; cuando se sigue masacrando a la gente con bombas, balas, hambre, enfermedad, frío; mientras los medios ya apenas hablan de este conflicto, salvo unos pocos; cuando aún hay tanta gente que defiende esta masacre sin límite, con la excusa de lo que hizo Hamás el 7 de octubre de 2023.
Y he decidido no
callarme, y llamarles malas personas.
Algunas
personas, no estamos dispuesto a parar de hablar del Genocidio en Palestina. Y
lo hacemos con la autoridad de haber condenado todos los genocidios que han
sido en el mundo desde que el tipo jurídico se creó, precisamente para definir el holocausto judío a manos de los nazis.
Todos
es todos.
Algunas
personas, con ideología y humanidad, que somos y hemos sido activistas
casi toda la vida, condenamos las muertes y las agresiones con independencia de
ideologías y religiones que los sustenten, en cualquier época y en cualquier
parte del mundo en que sucedan. Y antes de Gaza, condenamos las matanzas genocidas
en Camboya, en el Kurdistán, en Ruanda, en Myanmar, en Afganistán, en Sudán… Y condenamos
el terrorismo de ETA, del IRA, de la Brigadas Rojas…
Y
tenemos claro, y por eso no nos callamos, que quienes callan por justificar a determinada ideología o liderazgo, son cómplices de los asesinos genocidas sionistas. Quienes intenta
equiparar una matanza indiscriminada de personas por un grupo terrorista, con operaciones
militares de un Estado que incluyen a miles de niños inocentes reducidos a carne picada, son
cómplices del genocidio. No hay más. La equidistancia y el mirar para otro lado
frente a la injusticia, mata tanto como las guerras, porque perpetúan el mal, reforzando a sus ejecutores. Quienes eligen, votan y apoyan a líderes políticos
inhumanos, capaces de ejecutar genocidios; quienes justifican sus acciones como
respuesta a un acto terrorista; quienes hablan de no politizar Eurovisión o las
competiciones deportivas para expulsar al país genocida, son cómplice del
genocidio.
En el fondo, esta banalización de la muerte es el tumor social que nos lleva a este estado de cosas enloquecidas. La diferencia es que algunos, defendemos un ordenamiento jurídico internacional que pretenda resolver los conflictos con justicia, con normas, y hay quienes pretenden llevar el mundo de retorno a la caverna, en la que, hasta la ley del Talión bíblica se queda corta, y se lanzan bombas de mil kilo, sobre edificios habitados que reducen todo a polvo, personas incluidas, retransmitido en prime time sin que reaccionemos de manera colectiva y contundente.
No,
no, y no.
No podemos consentir tanto falso cristiano (que se saltaron la catequesis cuando se hablaba del amor y el perdón, que superó al judaísmo del antiguo testamento); en una sociedad que debiera ser laica (por mandato constitucional); mientras se empeñan en que una religión debe estar por encima de las otras (incluso apoyando a la antagonista que fue superada por Jesucristo, mientras guardan todo su odio para el islam), para imponerse a la sociedad laica que debiéramos ser.
Porque ese es el germen de
todas las matanzas y genocidios que han sido, y los que serán, si no somos
capaces de tomar la conciencia necesaria para echar a los líderes sicopáticos del presente.
Falsos cristianos que invocan a ETA para dividir a todo un país, ignorando los
mandatos de la Constitución que dicen defender. Falsos cristianos que hablan de
inmigrantes con el mismo respeto que el sionismo habla de los palestinos,
cosificándolos como “menas” para no decir que son niños; que los desahucian
de un edificio abandonado en pleno invierno y hasta impiden su refugio en una
iglesia, un día antes de la Nochebuena. Es el colmo de los colmos.
Falsos
cristianos que se ponen melifluos hablando de sus tradiciones, mientras justifican o apoyan a quienes ejecutan niños en un genocidio;
que, en el fondo, son los mismos que echan a los inmigrantes en Badalona de un
instituto abandonado en plena Navidad...
Hacía
tiempo que no sentía tanta repugnancia, tanta rabia, por tanta ignorancia
inhumana, vertida en nuestras caras por líderes (propios y foráneos), que no
son más que sicópatas con poder. Y cada día que pasa, me reafirmo en que no reconocer
lo que está pasando, nos condena a perpetuarlo, hasta repetir tragedias que los consensos de postguerra parecían haber solucionado.
Pocas cosas me siguen pareciendo, más importantes que la muerte. Pero la de todos, no sólo la de los míos. Y me importa la muerte como hecho biológico, como el robo de la vida a los niños que no pidieron venir al mundo, y solo pasaron por el para sufrir y morir.
La Navidad era la Paz, por la llegada de un dios que trajo el amor y el perdón en el zurrón. Justo lo que no practican quienes están dispuestos a matar por ese dios. Los mismos que lo volverían a crucificar, porque saben que volverían a ser expulsados del templo, a latigazos si llegaran a cruzarse en su camino…
Solo
por ese dios: Galileo en Judea; emigrante y pobre; hijo de clase obrera;
inventor del comunismo primigenio, el de repartir tu túnica si tenías dos; que expulsó a los mercaderes del templo a
latigazos; y predicó el amor al enemigo. Solo por él, y su verdadera doctrina, vale
la pena este día de celebración. La celebración de un dios, que si hubiera
conocido en que se ha convertido gran parte de su iglesia, seguramente, se habría vuelto agnóstico.
¡Feliz
y roja Navidad!
Excelente, Rafa, como siempre.
ResponderEliminarUn placer leer un año más tus reflexiones, con tu característica agudeza lingüística. Solo añadir desde la visión ajena al relato, los genocidios más crueles del ser humano, como son las guerras civiles y que sufrieron en sus carnes nuestras generaciones pasadas y que la memoria histórica selectiva e hipócrita de cada bando se encarga de recordarnos…. Pero si Rafa menos religión y más acción. Feliz Navidad a todos.
ResponderEliminarMuchas gracias Amigo. Un abrazo
EliminarCómo cada año por estas fechas, una reflexión interesante, te superas año a año.
ResponderEliminarMuchas gracias Ángel. Un abrazo.
EliminarTotalmente de acuerdo con Rafa, da mucha pena y coraje ver a diario como son masacrados en Gaza y en las otras guerras a seres inocentes con el único propósito de alimentar las ansias de poder y dominio exclusivamente por sus viles intereses. No podemos permanecer impávidos ante este horror
ResponderEliminarGracias por tu comentario. Un abrazo.
EliminarMe parecen bien tus reflexiones y las comparto, pero creo que esas contradicciones que achacas solo a los cristianos se las podrías aplicar también a muchos laicos. Solo como ejemplo, tras la revolución francesa el 18 de julio, se les dio de maravilla guillotinar a miles de personas. Ya sabes el refrán, la paja en el ojo ajeno y la viga en el nuestro (por cierto, una frase del evangelio)
ResponderEliminarHola Félix. No era mi intención achacárselas exclusivamente a los cristianos. Pero centro las críticas en ellos, por el origen de la Navidad, y porque, mayoritariamente la clase conservadora (que prácticamente domina el hemisferio político occidental) se arroga los valores de la civilización judeocristiana... Pero comparto contigo en el ser humano está lleno de contradicciones de las que ninguno escapamos libres.
EliminarGracias por tu reflexión, en unos tiempos en que tener razón se impone a debatir... Y feliz año nuevo. Un abrazo
Gracias por compartir. No puedo estar más de acuerdo. Vivimos en un mundo tan lamentable en valores éticos y morales que se hace doloroso e insoportable asomarte a la ventana y ver el paisaje. Estamos girando al compás de unas políticas del esperpento, con gobernantes genocidas, imperialistas, asesinos y en el mejor de los casos absolutamente cobardes. Y si hablamos de las religiones..., el no va más!. Riqueza, ostentación, pederastias, sufrimiento, fantoches de crear un cielo y la amenaza del infierno, para aquellos que se dan golpes de pecho y están endemoniados de odio. Pero los que más asco me dan, son los "tibios" esos que no se mojan, calladitos siempre, para no ser juzgados o bien porque no les interesa absolutamente nada del mundo en el que viven, que caen en la mediocridad absoluta y que solamente vocean cuando les tocan sus bolsillos. ¡Feliz año 2026!. Salud y esperanza.
ResponderEliminarGracias por compartir tu reflexión. Feliz 2026.
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